Hace unos días, Mapfre presentó su nuevo branding. Un cambio de imagen que iba más allá del logotipo o la tipografía y que buscaba actualizar la forma en la que la compañía se muestra y se reconoce.
Para comunicarlo, no se limitaron a mensajes puntuales ni a los canales digitales. Apostaron por la vía pública y, en concreto, por un soporte que convive a diario con miles de personas: los autobuses urbanos.
No es una elección casual. Cuando una empresa cambia su imagen, necesita algo más que anunciarlo: necesita hacerlo visible, reconocible y memorable. Y ahí es donde la publicidad exterior juega un papel clave.
En comunicación de marca hay una idea que se repite una y otra vez por una razón muy simple: la repetición genera recuerdo. Los autobuses recorren esas mismas calles, atraviesan los barrios y dejan a su paso miles de impactos cada día. Esa presencia constante, sin interrupciones y sin necesidad de que el usuario sienta un estorbo, es lo que convierte a la publicidad exterior en el aliado natural para procesos de rebranding.
Porque en 2026 ya no solo se trata de impacto. Se trata de familiaridad.
Y la familiaridad es el primer paso para que un cambio de imagen deje de sentirse como algo nuevo y pase a percibirse como algo propio.
Cada campaña de rebranding en la calle, realmente, no inventa nada. Aprovecha algo que ya funciona, algo que se queda en la mente y que cambia la forma en la que ves su producto.
Con esto Mapfre no ha inventado la rueda. Repsol, BBVA o Correos utilizaron estrategias parecidas y todas contienen el mismo patrón.
Repetición = Recuerdo.
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